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Miseria de la geopolítica

Raúl Prada Alcoreza
Lunes, 20 Julio 2015 553 visitas

La reducción de la geopolítica o, mejor dicho de las geopolíticas, a un uso utilitario de la propaganda gubernamental para justificar el modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente de las periferias del sistema-mundo capitalista, para justificar la ampliación de la frontera agrícola en beneficio de la extensión de la hoja de coca excedentaria y de la agricultura expansiva y la ganadería expansiva, además de la explotación maderera de las empresas privadas, muestra la miseria de la geopolítica gubernamental, una geopolítica del neo-populismo y neo-nacionalismo restaurador del Estado-nación. El uso discursivo de enunciados marxistas para construir la legitimación oficial del modelo extractivista, como es el uso de la subsunción capitalista de la economía indígena amazónica, que es además un concepto inventado al calor del delirio de la polémica en contra de las naciones y pueblos indígenas originarios, concepto que no se sostiene ni teóricamente, ni lógicamente, ni empíricamente[1]. El interpretar de una manera apresurada e improvisada que el ambientalismo, el ecologismo, la defensa de los ecosistemas, la defensa de la madre tierra, es parte del proyecto de dominación capitalista, dominación colaborada con la dominación local y regional de hacendados, empresarios y ONGs, no es más que la muestra de una fantasía enardecida que no puede contrastar sus propias conjeturas, más quiméricas que graves y sensatas.

Todo esto está exento de análisis, análisis de contexto, análisis de los ciclos del capitalismo y de sus estructuras diferenciales; sobre todo hay ausencia de un análisis de la geopolítica del sistema-mundo capitalista y de la economía-mundo capitalista. Geopolítica que ha creado una división del trabajado, condenando a las periferias del sistema-mundo a la extracción de los recursos naturales y su exportación en condiciones de materias primas, extracción minera e hidrocarburífera, a la producción de alimentos baratos, a la mano de obra barata, en tanto que la concentración de capital de la acumulación ampliada de capital se da lugar en los centros del sistema-mundo capitalista. Aunque algunos países de las periferias hayan pasado a ser potencias industriales, esto no quiere decir que se ha abolido la geopolítica del sistema-mundo capitalista; esto sólo quiere decir que hay desplazamiento de los centros, así como una modificación en los términos de intercambio y en la composición de la estructura de control y dominación del capital. Decir que hay que apostar al extractivismo para satisfacer las necesidades del pueblo no es más que repetir el viejo discurso de las elites criollas liberales y nacionalistas, sin un ápice de modificación discursiva y tampoco de agudeza. No se entiende que la reproducción del extractivismo condena al círculo vicioso de la dependencia. Lo que empíricamente se ha demostrado en la historia moderna y de los ciclos del capitalismo, en lo que respeta a la condena extractivista de los países periféricos, es que el extractivismo nunca fue la base de la industrialización y de la salida de la dependencia, al contrario, refuerza la condena fosilizando una economía dependiente y un Estado rentista.

Las experiencias de la Unión soviética y de la República de China Popular muestran que tuvieron que dar saltos forzados, no extractivistas, para producir sus propias revoluciones industriales. Si hubieran pensado en los términos de la geopolítica del extractivismo, se hubieran quedado eternamente en el umbral de la economía de la dependencia. Este umbral fue el límite de los gobiernos nacionalistas del siglo pasado, pues creían que con las nacionalizaciones de los recursos naturales, de las empresas mineras y petroleras bastaba para salir la dependencia y crear como arte de magia la industrialización, llamada por ellos política de sustitución de importaciones. Los gobiernos nacionalistas produjeron un remedo estrecho, dramático y comediante, además de fragmentado, de las revoluciones industriales de la Unión Soviética y la República popular China. En esos casos, los de las llamadas revoluciones socialistas, se trataba de transformaciones estructurales integrales de la sociedad y de la economía, transformaciones gigantescas en el campo educativo, buscando crear la masa crítica de científicos, transformaciones gigantescas en la economía, mediante la socialización de los medios de producción y la reforma agraria, transformaciones gigantescas en el campo del trabajo, apuntando al pleno empleo, transformaciones gigantescas en el campo de la salud, construyendo una logística extensa y abarcadora, para atender la salud pública. En otras palabras, apostaron a crear las condiciones de posibilidad de la revolución industrial, se efectuó una política y una planificación encaminada a la revolución industrial. Si algo produjeron estas revoluciones no es el socialismo, pues no puede darse el socialismo en un solo país y sin profundización de la democracia, sino la revolución industrial en sus países. Por último, intentaron construir una transición estatal diferente, una transición que respondiera a la dictadura del proletariado, que es una perspectiva también de transición. Aunque este recorrido los llevó a la formación de un Estado total, que abolió la democracia obrera (Kronstadt, 1921), que sumergió los soviets en la dictadura del partido y después el partido fue arrastrado a la gravitación desmedida de la dictadura de un solo hombre; sin embargo, por lo menos se intentó construir otro mapa institucional. El apostar por el modelo extractivista, el mantener el Estado-nación subalterno, que no es otra cosa que un administrador de la transferencia de los recursos naturales a los centros de la acumulación del capital, no es más que repetir la misma historia de las elites criollas, ahora en versión neo-populista.

La crisis ecológica a la que ha llevado la vorágine del capitalismo es una realidad, no un cuento de ambientalistas; la combinación de la crisis estructural del capitalismo y la crisis ecológica, crisis devenidas por la transferencia de los costos no cuantificables a la naturaleza, resultan en una situación amenazadora a los ciclos de reproducción de la vida. Esto también es una situación constatada científicamente, no parte de la propaganda del capitalismo verde y de ONGs. Desconocer esto es ponerse de parte de las empresas trasnacionales y de los países que no firmaron el compromiso de la Cubre Mundial del Cambio Climático en Kioto, entre los que se encuentra Estados Unidos. Desconocer una de las tesis más ricas de las corrientes marxistas, que es la escuela de Frankfurt, de que el capitalismo no solamente se explica por la explotación de la fuerza de trabajo sino también por la dominación de la naturaleza, es ponerse de lado de las corrientes deterministas y economicistas del marxismo vulgar[2].

Las luchas contemporáneas contra el capitalismo, después del hundimiento de los estados socialistas de la Europa oriental, son ecologistas, son de movimientos sociales diversos, de multitudes, auto-convocados y autogestionarios, son de movimientos de naciones y pueblos indígenas, que se ponen de lado de la defensa de la madre tierra, son de movimientos feministas de-coloniales y de las subjetividades diversas. Esta lucha es descolonizadora y anticapitalista. No es la misma estructura de luchas de los periodos de la hegemonía proletaria; ahora el proletariado, en su gran mayoría, es nómada y migrante, sometido al capitalismo salvaje y a formas renovadas del colonialismo.  Desconocer las versiones del eco-socialismo o del socialismo verde[3], es parte de un anacronismo dramático de los discursos fosilizados, que lo único que hacen es repetir mecánicamente las viejas consignas, creyendo que los cuadros, en el sentido de paisajes, y los contextos de una etapa pasada del capitalismo siguen, continúan inamovibles, como rocas desafiando la corriente de los tiempos y cristalizando la eternidad, como si nada hubiera pasado, como si no hubieran transcurrido las transformaciones históricas. Eso es pelear con los fantasmas, que son como irradiaciones espectrales del pasado, para no acudir a la responsabilidad de pelear con las formas del capitalismo hoy, en el presente. Sobre  todo este discurso es funcional a la continuidad del modelo extractivista, que es a lo que apuesta la fase crítica del ciclo del capitalismo vigente, en su forma de mega-minería y en su forma de explotación hidrocarburífera, usando tecnologías cada vez más destructivas. En esta fase de dominio y control del capital financiero sobre las otras formas de capital, el discurso legitimador, la “ideología” burguesa del capitalismo tardío, define una administración de la crisis mediante su financiarización, sostenida por el retorno a un masivo despojamiento y desposesión de los recursos naturales, transfiriendo los costos de la crisis nuevamente a la naturaleza, a las periferias del sistema mundo, empero también ampliando la transferencias de los costos de la crisis a sus propias sociedades de los centros del sistema-mundo, haciéndoles pagar precios de inflación y tributaciones invisibles. Es a esta modalidad que se la llama modelo extractivista, densamente aplicada en las periferias de la economía-mundo capitalista. Las divagaciones de la geopolítica del extractivismo sobre la inutilidad de hablar de extractivismo, pues se trata del modo de producción capitalista y de sus formas técnicas, caen por su propia inocencia y por la manifiesta negligencia de atender el debate que atraviesa a América Latina sobre el extractivismo como modalidad integral, no solo forma técnica, de despojamiento y desposesión de los recursos naturales, con el agravante de la gran incidencia destructiva de la mega-minería. No se puede responder a esta problemática, que requiere el análisis específico del problema concreto, con las generalidades del discurso marxista des-contextuado de que se trata del modo de producción capitalista y una de sus formas técnicas.   Este discurso, esta geopolítica extractivista, es precisamente el gran apoyo nacionalista y populista a las formas de dominación y control del capital a escala mundial. Los argumentos de este discurso anacrónico no se sostienen empíricamente y ante el análisis contemporáneo de las formas de expoliación desplegadas por el capitalismo tardío como dominio de la naturaleza y explotación de la fuerza de trabajo.

Esta geopolítica del extractivismo, geopolítica endémica, pues no está estructurada teóricamente, ni toma en cuenta la arqueología del saber de las teorías geopolíticas, tampoco la genealogía de las geografías políticas emancipatorias, no estatalistas, recurre para cubrir sus flaquezas a un ataque sistemático a las organizaciones indígenas que resisten al modelo extractivista y a las políticas anti-indígenas e inconstitucionales del gobierno. La acusación es la misma, repetida como ritual de la inercia estatal, sin imaginación y menos sin raciocinio: La organizaciones indígenas están bajo el control de ONGs, pagadas por potencias extranjeras, además comparten la alianza con las haciendas y las empresas patronales agrícolas y de la agro-industria. Esto es desechar tristemente la lucha de los pueblos indígenas contra los karaianas, contra la expansión ganadera y de las haciendas, contra las empresas madereras y las barracas, además de las empresas castañeras.  Esto es inventarse a su antojo una historia que no ocurre y que tampoco nunca ocurrió, desconociendo los hechos y la larga tradición de las luchas indígenas, así como omitiendo la memoria larga indígena, desterrándola al desierto del olvido. Este comportamiento es una muestra de la matriz colonial de la psicología de los gobernantes y en la locución del discurso improvisado de la geopolítica del extractivismo. Esto sirve para convencer a los convencidos, que son las camadas de llunk’u y aduladores del campo burocrático, de los entornos maniáticos del poder. Este discurso no convence al pueblo boliviano que apoyó las marchas indígenas en defensa del TIPNIS, menos convence a las naciones y pueblos indígenas y movimientos sociales anti-sistémicos vigentes. Esta geopolítica extractivista es parte de la propaganda y publicidad gubernamentales, que funciona mecánicamente, como masa copiosa de comunicación pagada por el Estado, comunicación que quiere aplastar agobiando al público y los espectadores atónitos, convencerlos por repetición infinita de lo mismo.

Por otra parte, en lo que respecta al conflicto del TIPNIS, asombra no solo la desinformación descomedida sino la poca atención que se toma de las propias resoluciones del gobierno al respecto. El TIPNIS cuenta con tres zonas definidas por el Servicio Nacional de Áreas Protegidas (SERNAP) y la Asamblea de Corregidores; se trata de tres zonas, la “Zona Núcleo”, la “Zona de Uso Tradicional” y la “Zona de Uso de Recursos”. La primera zona goza de una extrema protección y figura con ese nombre en la propuesta o Plan Estratégico de Gestión del TIPNIS. A propósito Sarela Paz escribe:

En el Reglamento General de Áreas Protegidas, este tipo de áreas se denomina “Zona de Protección Estricta”, es decir que la Zona Núcleo del TIPNIS es una zona de extrema conservación, no se la puede tocar, no se la puede modificar[4].

La segunda zona, situada alrededor de la zona núcleo, es el área que se la ha definido como “Zona de Uso Tradicional”. Justamente en esta zona se realiza la economía étnica. Finalmente, la tercera zona es de “Uso de Recursos”, donde pueden desarrollarse actividades económicas con fines comerciales, donde puede desenvolver el modelo de desarrollo comunitario.

Sarela Paz caracteriza a esta tercera zona de la manera siguiente:

La categorización y los distintos usos de las zonas fueron aprobados por el SERNAP desde 2002 y, en base a ello, el mismo SERNAP-MAPZA impulsó el modelo de desarrollo comunitario a través de programas como: 1º Aprovechamiento Forestal, 2º Aprovechamiento de Cuero de Saurios, 3º Ecoturismo–Pesca Deportiva, 4º Manejo de Chocolate Nativo, 5º Módulos Ganaderos Comunitarios[5].

Es ciertamente inmoral y deshonesto, de parte del gobierno y por parte del discurso de la geopolítica del extractivismo, citar estos proyectos como ejemplo de la vinculación de las comunidades del TIPNIS con el capitalismo internacional, cuando fue el propio gobierno quien los aprobó y los fiscaliza. Esto muestra no solo indecencia sino un desprecio por la opinión pública y el pueblo, de quienes se tiene una imagen de sujetos manipulables, imagen digna de la paranoia del poder y del desprecio de la gente trastocada por el señorío que ejerce y  enamorada de la dominación desplegada sobre todos los mortales. Las organizaciones indígenas son las únicas organizaciones que defienden consecuentemente la Constitución, el proceso, los objetivos descolonizadores del proceso, los derechos de la madre tierra, contra un gobierno extractivista, que está contra el proceso, contra la Constitución y la madre tierra, además de estar efectivamente de parte de la geopolítica dominante y racializada del sistema-mundo capitalista, por la continuidad y expansión desbordante del modelo extractivista.

Otra cosa que llama la atención es la ingenuidad como se maneja la temática y la problemática de la Amazonia. ¿Cuál es el imaginario gubernamental sobre la Amazonia? Es un espacio rebelde que debe ser sometido a la soberanía del Estado-nación. No se ha hecho el esfuerzo de investigar de qué se trata, a qué complejidades responde esta inmensa geografía boscosa, selvática y acuática, habitada por la biodiversidad de especies, nichos ecológicos y ecosistemas, de la que forman parte las sociedades y comunidades humanas. No se ha hecho un estado de arte de las investigaciones sobre la Amazonia, se desconocen los distintos acercamientos a este continente amazónico, desde las investigaciones antropológicas y mitológicas, hasta las distintas definiciones geográficas, sociales, administrativas y ecológicas de la Amazonia. Se desconocen las memorias, imaginarios y saberes indígenas de la Amazonia. Se desconocen la complejidad de los campos sociales, los campos económicos, los campos culturales, los campos simbólicos y los campos políticos de la Amazonia. No hay de lejos ningún análisis sociológico. Lo que hay es un abuso del término, Amazonia, una restricción inaudita de los contextos, planos, campos, nichos ecológicos y ecosistemas de la Amazonia al imaginario gubernamental. Este imaginario estatal supone que la Amazonia es tierra dominada por hacendados y ONGs. Esta es la parte más pobre del libro, que raya en lo grotesco literario[6].

¿Cómo explicar entonces esta geopolítica extractivista? ¿Cómo explicar esta miseria geopolítica, además del estrambótico manejo de los temas puestos en mesa? Se nota una desesperación desgarradora por justificar la ruta optada por el gobierno. La política extractivista, sus nacionalizaciones parciales, su entrega de la explotación y producción hidrocarburífera a la dirección técnica de las empresas trasnacionales, sus políticas improvisadas, su demagogia industrialista, sus alianzas efectivas con la burguesía boliviana, la banca, la burguesía agroindustrial y los nuevos ricos. También es desgarrador el esfuerzo por ocultar, no hablar de la expansión desbordante del clientelismo, los circuitos de influencia, la economía política del chantaje, la economía política de la cocaína, que se han convertido en factores que inciden ya en las decisiones gubernamentales. También es alarmante, el constatar que el gobierno ha cruzado la línea, está del otro lado de la vereda, enfrentando al pueblo, desde su medida impopular del “gasolinazo” y sobre todo en el conflicto del TIPNIS.

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[1] El concepto de subsunción, usado por Karl Marx en losGrundrisse, antes por Hegel, es un concepto dialéctico que busca explicar el proceso de supeditación, subordinación, incorporación, absorción de una forma por otra forma inclusiva. Marx concibe dos formas de subsunción del trabajo al capital, la subsunción formal y la subsunción real. La primera comprende las formas de subsunción del trabajo al capital en condiciones donde el capital absorbe el trabajo que se realiza bajo relaciones de producción no-capitalistas, la segunda, comprende las condiciones de subsunción del trabajo al capital bajo condiciones de relaciones de producción propiamente capitalistas, sobre todo cuando el modo de producción recurre a medios de producción que han cristalizado el trabajo muerto; hablamos del empleo de la maquinaria y de la tecnología industrial. En América Latina algunos autores, como Armando Bartra, han ampliado el uso del concepto de subsunción formal del trabajo al capital a la incorporación de la economía campesina al modo de producción capitalista. Estas ampliaciones del uso del concepto de subsunción han provocado discusiones sobre su pertinencia. En todo caso puede entenderse este uso también como metáforas que ayudan a plantear las múltiples formas de articulación de formaciones sociales al sistema-mundo capitalista. Empero, cuando se extienden demasiado estas ampliaciones, en la recurrente polisemia de los conceptos, el concepto mismo puede resultar inutilizable, pues significa todo y no dice nada nuevo. Usar el concepto de subsunción para decir que la economía indígena amazónica está supeditada al capitalismo es como llegar a decir que todo el que tiene vínculos con el mercado esta subsumido al capitalismo, lo que no quiere decir nada o resulta una perogrullada. Se entiende que lo que se quiere hacer aquí es estigmatizar a los indígenas que se resisten a la política extractivista del gobierno, se hace un uso “ideológico” del término, con lo que deja de ser un concepto y es mas bien un dispositivo retórico.

[2] Horkheimer y Adorno desarrollan esta tesis en Dialéctica del iluminismo. Trotta, Madrid.

[3] Michael Löwy escribe Eco-socialismo y Alex Demirovic trabaja el concepto de socialismo verde. También Michael Löwy y Ulrich Brand publican un libro de debate sobre el eco-socialismo. También Ulrich Brand publica Política ambiental global y la internacionalización del Estado: la política de biodiversidad de estratégico-relacional perspectiva. Westfalia barco de vapor, Münster 2009.

[4] Sarela Paz: El TIPNIS en el centro del interés global. Bolpress septiembre de 2012; La paz.

[5] Ibídem.

[6] Javier Sanjinés escribe sobre la figura de lo grotesco en la literatura, grotesco como una forma barroca exacerbada e incongruente.

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