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Desigualdad y degradación ambiental: problemas impostergables

Fernanda Wanderley - Página Siete
Miércoles, 15 Julio 2015 626 visitas

El siglo XXI empieza proclamando en alta voz que la desigualdad y la degradación ambiental son inviables para la vida humana. Pese a constituir problemas antiguos, la novedad ahora está en el mejor conocimiento de sus causas y de la gravedad de sus consecuencias. Ya no es discutible que estos problemas son consecuencias directas de la dinámica económica que mueve el mundo hoy y que, de no resolverlos, estamos poniendo en peligro nuestra existencia colectiva. 
A las voces de movimientos sociales,  cientistas sociales y ambientalistas, se suman premios Nobel de Economía y, ahora, el papa Francisco. El mensaje es claro: no podemos quedar indiferentes a la desigualdad (y su hija: la pobreza) y a la degradación ambiental. Los hombres y las mujeres de bien deben asumir estos problemas como personales, cuyo origen está en una cultura que sacraliza la búsqueda ilimitada de ganancia, acumulación y consumo en una lógica individualista e irresponsable con la colectividad.

La importancia de la confluencia de fuerzas y personalidades en la defensa de transformaciones profundas en el orden cultural y económico global se debe a la enorme dificultad de comprensión de que lo que está en juego es nuestro devenir como humanidad.  Si queremos, no sólo vivir en un mundo de paz, sino también sobrevivir como especie, no tenemos otra salida que comprometernos con cambios radicales desde la esfera más personal hasta la más pública, asumiendo nuestro rol de ciudadanos en nuestros vecindarios, sociedades y el mundo. 

En la vida cotidiana, el cambio pasa por transformar nuestras aspiraciones y hábitos de vida, y de consumo en una profunda revolución de nuestras relaciones con el mercado y con la vida colectiva. Cada compra y cada basura que echamos es un ato moral y político. No estamos libres de responsabilidad con toda la cadena de actividades que conlleva la producción de los bienes y servicios que elegimos comprar; tampoco de la forma como lo usamos y, posteriormente, de los residuos que desechamos.

En la esfera pública  el cambio pasa por un profundo y consecuente compromiso con el bien común, esto es, con la dignidad de todos (no sólo de aquellos en nuestros círculos familiares y de amistad) y con el equilibrio medioambiental. Enfrentamos el enorme desafío de abrir espacio en nuestras vidas para exigir de los gestores públicos y de los empresarios responsabilidad colectiva por sus acciones, así como desencadenar iniciativas propias para transformar nuestros entornos.
Cualquier acto, por más pequeño, puede hacer la diferencia. Y si queremos multiplicar nuestras fuerzas, el camino es articularnos en iniciativas, movimientos y organizaciones por la defensa de los derechos humanos y sociales en nuestras sociedades.  

El problema político ya no se reduce a mejorar la distribución de la riqueza o de minorar los efectos negativos en el medio ambiente. No se trata únicamente de la transferencia de la acumulación ilimitada del sector privado al sector público o la incorporación de nuevos grupos al consumo de masas, sin modificar el crecimiento desenfrenado a cualquier costo ambiental y sin cambios en el patrón de consumo. No es aceptable la inclusión con corrupción y con el atropello de la democracia y el pluralismo político. 

El desafío de las izquierdas es más complejo: se trata de transformar el concepto de desarrollo, transitar a fuentes de energía limpia, modificar sustancialmente los patrones de consumo, priorizar la protección social y la provisión con calidad de bienes públicos como educación y salud, fundar la solidaridad como principio de convivencia social en un marco democrático y culturalmente diverso.

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